“Acantilados del Sueño” el libro con el que Antonieta Villamil comienza el milenio: Edición Final completa.



VAGABOND presenta: La edición final completa de Acantilados del Sueño (una herida por otra en museo de impunidad). 

Acantilados del Sueño” es el libro con el que Antonieta Villamil comienza el milenio. En esta obra Villamil examina, entre otros temas, la experiencia del migrante en Estados Unidos. Cuestiona y explora la validez de las ambiciones que se crean por medio del anunciado y vendido sueño americano en que el estado de ensueño se torna en pesadilla y muerte. La indagación se lleva a cabo, a través de imágenes urbanas, cuadros de desaparición, historias de desarraigo, desplazamiento, asimilación, violencia, historias de mujeres y hombres que persisten y luchan en medio de un sistema deshumanizado que se desintegra.

Este libro se adelanta a los acontecimientos del 11 de septiembre en un aterrador poema titulado “Imagen de Nueva York”; escrito por la autora en las torres gemelas en 1998. “Acantilados del Sueño” nos hace recapacitar sobre el doloroso precio que hay que pagar para lograr entrar al sueño americano. Fantasía que se nos mercadea y vende a diario como la más valiosa y digna de ser deseada.

En otros poemas nos habla de un “fuego filudo” que es, entre tantas posibilidades: la guerra, el hambre, la bomba atómica, el ántrax, el holocausto, los ‘drones’, el virus creado en laboratorios militares, etc. Es posible que este libro sea una advertencia sobre el estado de sueño que nos lleva a un acantilado abismal donde nos ahogamos por falta de humanidad y por falta de una conciencia ecológica colectiva de paz en verdad sustentable. Linda Rodríguez Guglielmoni, escritora, ensayista, Universidad de Puerto Rico en Mayagüez. 

 Propiedad Intelectual de  
Villamil, Gloria Antonieta
ACANTILADOS DEL SUEÑO 
—una herida por otra en museo de impunidad— 
Copyright © Gloria Antonieta Villamil Orrego, 2019. 
All Rights Reserved
Edition Copyright © Vagabond, colección AVEditor, 2019. 
isbn: 978-1-936293-37-7

ÍNDICE DEL LIBRO 
ACANTILADOS DEL SUEÑO

  9        /   Acantilados del sueño
 10       /   Oda al pasto
 11       /   Volátil y efímera
 13       /   Flor de asfalto
 15       /   Imagen de nueva york
 18       /   Después del cine
 19       /   Un adolescente que nunca ha visto un río y la razón del poema
 20       /   Naufragio de rostro
 24       /   Conjuro para la lúcida ociosidad
 28       /   Ausencia de luna
 31       /   Clepsidra en flauta

UNA HERIDA POR OTRA: NUEVA YORK
NUEVEONCEDOSMILUNO

 37       /   Uno/ 11 a Nueve/ 11
 47       /   End/WAR/dependencia
 50       /   De alta lluvia en marea baja
 57       /   Hiel diurna

LA MISMA HERIDA EN MUSEO DE IMPUNIDAD

 61       /   Tronco de impunidad la misma herida
 63       /   Regresivo en el museo de la denuncia
 72       /   Herida de impunidad
 75       /   A sed de ensoñación la gota que rompe
                        el cántaro

PARA-GATO DE ALAMBRE 1984
—ÓPERA ROCK PARA TIEMPO ESTRIDENTE—

 79       /   Armonía en disonancia
 80       /   Sinfonía con día hueco
 81       /   Intermedio en nota ácida
 82       /   Melodía de gato por liebre
 83       /   Des-concierto esencial
 84       /   El poema: una huella
 85       /   Once Poemas a Principios del 2001:
                        Visión testimonial de cosas por pasar y
                        cómo en vértigo una herida se desangra
                        por otra de Antonieta Villamil.
 91       /   Comentario: Jurado del Premio de Poesía
                        Gastón Baquero 2001
 92       /   Inicio Milenio con Premio de Poesía
 93       /   Casi en la zozobra… de lo Indecible de Zulema Moret.
 95       /   El sueño americano —¿Sirena
                        intermitente?— Linda R. Guglielmoni.
100      /   Biografía de Antonieta Villamil 


MUESTRA DE POEMAS:

Estos son los 11 poemas que ganaron el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2001, bajo la dirección editorial de Pío Serrano, libro publicado en 2002. Copyright © Gloria Antonieta Villamil, 2000. All rights reserved. Reproduzco aquí los poemas de "Acantilados del Sueño" que ganó en Madrid, España, por pura justicia poética y después de 2 décadas, más un estudio sobre el mismo libro de Linda Maria Rodriguez Guglielmoni, el testimonio publicado en Speaking desde la heridas de la editora Claire Joysmith que con Clara Lomas publicaron el primer volumen, One "Wound For Another" con el prólogo de Elena Poniatowska. El nuevo libro publicado por Vagabond en Venice California, contiene 47 poemas, 104 páginas y NO ES una reedición del libro publicado por Verbum en 2001. Es una edición nueva total y completamente distinta. -Antonieta Villamil.


ACANTILADOS DEL SUEÑO

Cuando la oscura estepa se derrama
con su luna y su flagrante indicio
de luciérnagas lejanas sueña,

contorsionados pájaros bajo sus párpados
le blanquean el ojo y tiemblan
las membranas del sueño
bajo fugaces pestañas.

Sacan de su quicio de huesos
a un alma que exhausta se fuga
entre los astros del cuerpo.

Toda la masa del día regenera su paso,
amanece y se abre el ojo con esa luz
que ha trasegado los acantilados del sueño.

Pasa la fugaz película
de parajes enroblecidos
con un buril que destella
rostros, voces,

en los siniestros resplandores de lo soñado,
cuando os cura la estepa negra
que se derrama con su lunática mantarraya

y su escamoso indicio de peces ahogados
en los extraños manantiales de aire
en que se mece el sueño,
cuando la negra estepa se derrama.


ODA AL PASTO

a Walt Whitman

Esta es la saga del pasto.

Aire verde de horizontes internos.
Claro de luz en oscuros troncos.

Hongo de esporas que caducan
erguidas entre la espesa cabellera
de una indómita tierra.

Cubre este cráneo nutriente.
Esponja que absorbe la savia y se peina.

Al viento cierne.
Al agua invade.

Hojas de pasto que plantadas
crecen velocidad de campos.

Extensiones que te acercan a las raíces.
Que te ancestran.

Los dedos te rozan, desarraigado pasto,
alimento de sí mismo.

Lecho de un Orfeo
sonámbulo.


VOLÁTIL Y EFÍMERA


De la encantadora y rugosa
resonancia de sus manos,
se desata esta música,
mujer vorágine en alargado sueño.

El alargado talle de su música
se acaricia en tendones
de metal cristalizado.

Cómo revienta en resuellos
de viento agudo, esa flauta
de tiempo que lame
con voluptuosidad sus labios.

Cueva de huracanes
en su lengua, temblor de cuerdas
bajo sus huellas digitales.

Sentir así su música, es vivirla
en las ajenas vidas de un gato
volando tendón tensionado
en las alas de un águila.

Sentir así su música
es probar los zapatos de quien
se levanta temprano.

Es recobrar el sudor
de quien maniobra un clarinete
hecho de ínfimas notas
hasta perder la razón.

Es medirse el delantal
estrellado del atardecer
o cargar con la misma desazón
la maleta llena de papeles inocuos.

De la desencantadora
y rugosa resonancia
de tus manos,
vida,
se desata esta música
y bajo el hechizo
de tus notas disonantes,
soy volátil hombre de papel,
me bebo la lluvia y me reciclo.

Soy el envoltorio sin brillo
para cualquier soledad.

Pierdo toda noción y me entrego
a la masa de tus días
rutinarios y humanos.


FLOR DE ASFALTO


Desde la dura trajinada estepa
de la memoria, por no idealizarla

con los flagrantes visos del desierto,
viene encumbrando membranosa,
con su ojeroso insomnio de lagarto.

Perdida y absorta
en las evaporaciones

que toman su nombre desde
las ingrávidas llanuras hasta
los torrentes de palabras
en sus más altas y alegóricas alturas.

Que si redunda esta memoria,
se compagina con los silencios
pétreos y sus miradas de soslayo.

Dura más que piedra.
Momificadora de huellas.

Desde dónde memoria,
desde dónde remontas?

El ileso peso de mano famélica
te deletrea, te despalabra.

La robustez de la mediocridad
deja su celulitis en tu memoria.


Aterrada te asomas
con la frágil manera de morir,
m
e
m
o
r
i
a
lúcida flor de asfalto.



IMAGEN DE NUEVA YORK
Escrito en las Torres Gemelas, octubre 24 de 1998 al finalizar
el IV Encuentro de Escritores Colombianos de Nueva York.

Agujas de agua zurcen
en el aire un manto vertical.

El horizonte extiende abrigo
de puñales húmedos que electrizados
se desmayan y en su paracaidismo
lavan todo grito.

Un silbato augura chillido de frenos
y ahogadas sirenas reflejan
rojo jazz de extenuado espejismo
contra el mojado precipicio del Hudson.

Ingrávidos árboles gotean
clorofila de asbestos rutinarios.

Agujas de agua inoculan
humedad de ladrillo en el aire
bordando en las hojas
un contenido alarido de euforia.  

En punto de cruz se asoman
desde este cielo aplanado de techos,
las calles en cada esquina
y en el horizonte gris,

el rumbo del solitario aletear
de un Orfeo alucinado,
entreteje el sueño que ha perdido su nido,
en las erosiones de esta estepa de vidrio.

En ecos de pared contra ventana,
       las voces en desconcierto
                               se lanzan en desbandada
                   por los rayos de hierro
en forma de letra zeta
de las escalinatas incendiarias.

La sirena intermitente en su canto,
se atropella enrojecida
contra muros y edificios.

Calibra el turno de la muerte
sobre el Hudson.  En gusaneo,
el interminable enladrillado estruendo
de la lombriz antropófaga del tren
en el subsuelo, socava el sueño.

No en tus oídos, en tu sangre
se tañe el mismo bullicio que se
arrebata en turbulenta sordera.

Se dibuja un silencio en espera.
Un silencio delinea tu tímpano
en lento goteo.


Un silencio que encuentra nudo de garganta,
en esta grandiosa mole de concreto
en la que el mutismo es un ensordecedor
concierto de toda voz, de toda soledad,
de todo rostro absorto,
atrapado en el reflejo de las luces
que se desmanchan en el Hudson.

Este silencio es un abismo de oreja
que se tapona contra el índice de un dedo.

Este silencio arrebata. Cercena
este silencio.  Incendiario en la potencia
de tu alarido, se apacienta con tu lengua
y lame lo mismo la garganta que el grito.

Este silencio que refleja en el río,
una ciudad en precipicio de luces.

Este silencio en la añoranza
de una vaca mecánica, rumia
el pasto de los días, en la culebra
que baila azul de orilla,
en las melenas del Hudson.



DESPUÉS DEL CINE

Estimulas tu herida de horas
hasta su histeria de soda
o juegas a su ronda de espera
embalsamada en palomas de maíz.

Te ríes de sus estúpidos chistes
a la hora exacta y por la orilla
de tu desgano su tiburón abre fauces,
por las que escurre tu víscera sonrisa,
una viscerable ausencia.

Podrías huir de su abismo
pero te absorben sus imágenes bien
manipuladas, cálidamente congeladas,
representando la no presencia.

Pasan sus dos horas y en estampida
te arrojas afuera a desiertas millas por hora.

Las luces en tus ojos aún encienden
la ciudad nocturna y en leves melodías
de jazz, su resplandor te masajea la mirada.

El duende fugado de la música
es la única certeza
presenciando amanecer.


UN ADOLESCENTE QUE
NUNCA HA VISTO UN RÍO
Y LA RAZÓN DEL POEMA

Porque la poesía está
en la suave hoja que recorre el río.

Y en el río de asfalto
de las carreteras?
En el río de aceite
que se torna en sangre?

Está en la imagen del bosque
que se traduce en palabra.

¿Y en los cartelones,
los anuncios de guerra,
las montañas de papel
o en la basura?

Está en la palabra que se hace río.
La palabra que se hace lluvia.
La palabra árbol.

Y en la fábrica, la última calle,
los bares y los antros,
en las fosas impunes?

Está en el río insondable
de la vida que se hace hoja.

Dónde… cuál árbol?
Qué es… y dónde está el río?


NAUFRAGIO
DE ROSTRO

A través de esta puerta
                               escucho tu nombre.

Tensa membrana, esta puerta
amenaza con su cerradura,
imitando a dura máscara de roble.

Máscara de roble fragmentada
por hierroso postigo, cruje
al abrir sus pequeños ojos.

Ojos que renombran la inmensidad
al otro lado de la puerta
en la que te busco en mí,
en ti busco, de mí busco en ti,

hasta la soledad en puño que toca
a esta puerta que aterrada
y en un esmero enfermizo
podría hallarse de sí
para llenar tu nombre.

Pero no. Un ojo,
la puerta en su celosía
de iris en diáspora, se acomoda
con su aldabazo de cara perpleja.

Se deleita en desconcierto
de tronante nudillo que reconoce
en el coagulado riachuelo

que fluye bajo piel, la verdiazul
urdimbre artrítica, cuando queda
suspendida en lo que puede ser,

el toque, la llamada, el sonido seco
en trago áspero, a esa otra puerta
que sin pestañear siempre se abre.

Y aquí comienza el ojo del huracán
en la pulsante posibilidad de quien llega,
o la alta marea de quien nunca llega.

Cómo es tu rostro?  
Cuál es tu nombre?

A través de la puerta ventanillas
se abren, como orejas de lóbulos rojos,
con sus candongas vistosas.

Orejas paradas en el arrebato
de un curioso.  

En el asombro de cuclillas,
orejas paradas a lo bailarina,
en pequeños y delicados dedos
sostienen todo el peso de la pregunta.

De pronto, crujen tan siniestro
los dedos bajo tanto peso y a través
de la puerta el sudor en la frente

del que espera.  El sudor a chorros
contra la entrada imprevista.

El sudor de salitre suspendido
en la aldaba, con el sonido
de océano colándose,

en el seco trasfondo de una puerta
que se abre, ante el sólido soslayo
en el encierre de ventanas y viento.

A este momento llegamos,
náufragos de ardientes embarcaciones
y en ojos heridas abiertas a la sal,
nos encontramos.

En la inundación de tu mirada
navega la cortina del cuarto
su danzante velero.  El oleaje

de tus pestañas lanza y azota ojeadas
contra el arrecife de la mesa
o la rocosa esquina del cuarto.

Tus pestañas se pierden
en un ahogarse
hasta lo más primitivo del suelo

y descuelgan tus párpados
sus hambrientas gaviotas
desde la lámpara que pende
en el centro del cuarto.

Tras tu mirada que se explaya
a sus anchas, la playa aparece
cuando bajas los ojos.

Me encuentran tus ojos.

Sin más resistencia nos hallamos
mutuamente; ola que arriba llana
sobre suave arena, tus ojos
posándose en mis ojos.

Sin hablar me presentan tu rostro.
Sin preguntar adivinan tu nombre.

Toda la mar atónita
es negro iris que tiembla
bajo la puerta de tus párpados.

Por un instante
se cierran tus párpados
que hacia ti me arrastran
y tras esta puerta aguardo
suspendida y ansiada.


CONJURO
PARA LA LÚCIDA
OCIOSIDAD

En el ejercicio de volar encadenada,
el ejercicio de volar con los brazos
huesudos y raspados, acaso por el viento
que añora la súbita quietud.

El ejercicio de permanecer atónita
y desmoronada para que el halcón
venga a sembrar en mí su pico
que recorre las alturas.

Halcón toma un
mendrugo de mi ojo.

Llévatelo a donde la suma
de frescas células,
se haga filamento de ala.

Sólo esa sensación en el ejercicio
de volar encadenada.

A vuelo de pelo.
Atenuada con esta música
que hipnotiza las culebras, mi cuerpo
deletrea un precipicio de ausencias.

Se desvanece la tarde
en disonantes notas
y las lanzas de minutos

se precipitan, alas de secas plumas
en pies de andrajosos pasos
que saltan anonadados
entre los minados campos.

En la lúcida ociosidad divago
y mi cuerpo es la culebra
que se hipnotiza en los brazos
de esta música de palmas
contra cuerdas desgarradas.

Que la música de estas ondas serenas,
venga a mi vaso y me empape,
venga a mi vena y la hinche,
que mi pié rompa la piedra.

Mi paso dé al camino
su encrucijada y su meta.

Desde la misma entraña de la savia
que me revierte la mirada
hacia adentro, me nazca.

Que mi mano atesore la luna
con sus candilejas y sus
tormentosas bocas en cráter.

A tono de luna baile,
como si su tierra muerta
se me sentara en las manos.

La noche se desmorone
en las altas piedras de la duna

que es mi mano y baje el desierto
a mis ojos para que lo revierta,
lluvia de mirada intensa.

Conmigo baile el coyote de niebla
y bailen los árboles corroídos
por la misma sed que nos aguanta.

Por donde vaya bailando, las huellas
queden, travieso niño de dos años.

Vaya enhuellando tu cuerpo, tierra,
con caricia tejida de tamarindo y palma.

Vaya enhuellando tu piel con afán
de abeja.  Con picazón de avispa.
Con cincel de pluma en vuelo.

Enhuellándote
con el tacto nochebundo
de un cenzontle alucinado.

Tierra, de ti enhuellándome
en los visos de la gema
que imagino es tu memoria.

Cuando la luna se asome
por el huequito en el árbol,
salgan en desbandada

todas sus raíces secas,
que beban hasta ahogarse,
enmohezcan, se hagan tierra.

Los huesos del alba se siembren
en la hojalata sanguinolenta de la noche
y que los ojos nos brillen
incendios en el bosque.

A las dunas de mi mano suba
el hueso de la lengua a francotirar
una lluvia de sílabas escabrosas.

Que la laja labrada en mis manos
lea caminos de barro.
Degüelle mis pasos lerdos.
Aloje mis cantos pétreos.

El conjuro ruede fértil,
siembre árboles de página
en mis manos de alcanfor.

Después de los conjuros,
mi cuerpo guirnalda colgada,
en el cuello de un gitano morenaclaro,
mapalee las tamboras,

pie contra arena, los guainos,
palmas contra caderas, las congas,
cabeza de bailaor y flamenco palmoteo
en el talle de la noche.

Que la tinta se dispare,
orgasmo enflautado de almizcle.

Que me enhuelle la vida
en su andrógino animal!


AUSENCIA DE LUNA

El sinsonte amenaza
el lenguaje de la noche.

El sinsonte se arrebata
en su siniestro regurgitar
y en las quenas de su gaznate
pivotean velas de cuerdas que resuenan
con vientos tropicales
para tergiversar el nombre de las cosas.

Mockingbird. Mockingbird.
El sin-son-te desvela con su insistencia
hasta que el sueño te recobra
la piel en hilachas.

Tu loca voz un saco flácido que se repite
en su descascare, en su culebreo.

Con la insistencia de un amor mercenario,
esta lombriz en la garganta del sinsonte
se hace réplica de gusano funerario.

En cada nota prueba la rugosa muerte.

El sinsonte se pega de tu garganta
y la usa como a un calcetín de cartero.

Repite    repite    repite.
Paso a paso se queda perplejo
con sus articuladas palabras.

Este sinsonte es mediodía
asaltando tu sueño. Este sin-son-te
es tránsfuga que trafica con tu noche.

La noche se queda quieta
y boquiabierta en su oscura mesura.

Se queda fija la noche, arrodillada
en su propia mantarraya.

Vuelca su tinta que escribe penumbra
entre sombras y rincón cenizo
sobre un clamor mudo que delata
ausencia de luna.  El sinsonte
se empecina con su máscara de grillo.

Ahora es un cricket lo que delata
los movimientos nocturnos.

El grillo con sus grilletes labiales
esgrima con la bruma.  De pronto,
pierdes el nombre de las cosas
y todo vuelve a un estado disoluto.

Por tergiversar el nombre de las cosas,
los objetos saltan a la vista
cobrándote un nombre.
La mesa no es mesa.  Es table.

El joyero de estrellas tampoco es noche,
o sí?  La repisa es depositaria perenne
del polvo que cae sobre las otras cosas
y ya no es polvo.
      Es dust.

Aprendes que el sinsonte
                               es un imitador.

Sinsonte o mockingbird?
Mockingbird. Mockingbird.

Asimilas que cricket
                               no es cenzontle,
grillo no es night.  

Se tergiversa tu lengua
y te duele el nombre de las cosas
cuando la noche en celo
se instala
                   en tu garganta a lo sinsonte.


CLEPSIDRA EN FLAUTA

Si con la mirada bajo párpados
naufragamos abismo en los zapatos
para eludir el proyectil de otros ojos.

Si jugamos
al ensimismamiento de aprender.

Si esto aquí se llama
el borrón de la nostalgia,
papel que desdice
un fabulario para nadie.

Si más allá la hormiga de tu esperanza
con un edificio a cuestas
o si aquello en la esquina
incisivo y peligroso es plástico basura.

Sea lo que llegue afilado
por el reverso de tu oído,
la onda sonora de tu boca;
retumbante y cadencioso,
dedos contra conga.

Esa O, tu labio soplón
contra orificio en caña,
lo que tu insistente nombrar
piense flauta.

Aciértanos y atraviésanos
clepsidra instalada en la lluvia,

dueña de las músicas viscerales,
hasta lo que gesticula
con húmedas manecillas
que a un sólo compás se abran,
no se atasquen, no se cierren.

Si suspendemos la intuición
en una bitácora.  Si nos sorprende
la lengua madre con una vertiente
de sangre que nos segrega.

Si el péndulo de su pecho
nos amarra entre compás y señal
a su cortejo fulminante.

Madre al fin,
pobladora de partos y dolores.

Si nos sorprende de nuevo y nos dice:
No hay mal que dure ni cuerpo”.

No nos forremos de la piel escamosa
de las lombrices ni vengamos
de la tierra a merodear la extrañeza.

Si jugamos a agruparnos
por variedades y colores, transmigremos
cuerpo tierra adentro.

Que si es cobrizo y seco, venga
de los internos desiertos.

Fluido y ufano se meza
desde los interiores ríos.

Que si verde y fangoso,
sea anaconda del viento.

Si así nacemos,
desterrados nos desprendamos
con toda la esencia fatigada,
de nuestras propias aguas.

Nos dejemos ir esporádicos.
Nos dejemos carcomer

por una deliciosa complicidad,
hasta que lleguemos de regreso

a morar en la hormigueante
y reseca momificación
de la sal entre las tumbas.

Clepsidra arráncanos del tiempo.

De respiro enmohecido entiérranos
en el fuego con un ánfora de viento.

Enciéndenos el cuerpo
en tu ensalzada cumbia
de jazz ardiente.

Por nuestro cadáver en llamas
en tu conjuro de arcilla, danos
una pluma de cóndor con el tizne
de nuestras cenizas en la punta.

En trueque por tu péndulo de luna
en la laja de nuestras palmas
para que haga buril
con nuestros huesos,
danos una tajada de tu árbol,
holgada e interminable para codificar.

Si ahogados en una inmensa idea
que pretende esclarecer el mundo,
seguimos para destrozarnos,
en hambrienta ingratitud…

Clepsidra si a deshoras te leemos,
si no te reconocemos; no dejes
que ningún fuego filudo nos desaparezca.
Inunda de milenios nuestra mano.



Este testimonio escrito por Antonieta Villamil, aparece publicado
en el libro SPEAKING DESDE LAS HERIDAS, 2009. El testimonio
de Villamil para el primer libro de esta serie, titulado ONE WOUND
FOR ANOTHER UNA HERIDA POR OTRA prologado por Elena
Poniatowska, publicado en 2005, aparece en las páginas 271 a 284.


Once Poemas a Principios del 2001:
Visión testimonial de cosas por pasar y cómo
en vértigo una herida se desangra por otra

Lo que les voy a contar tiene que ver con un sueño que tuve en 1998 (tres años antes del 11 de Septiembre de 2001), con un viaje y un libro de once poemas que terminé de escribir y revisar en enero del 2001. En ese libro quedó plasmada una visión de cosas por pasar y tiene para mí una profunda resonancia testimonial, porque los poemas fueron inspirados a raíz de aquel viaje a Nueva York. Uno en particular fue escrito en una plazoleta que había entre las torres gemelas. En junio de 2001, “Acantilados del Sueño” fue declarado ganador por unanimidad, Premio de Poesía Gastón Baquero en España y que once meses más tarde sería publicado por la editorial Verbum.

De entre la babelería de mi archivo personal, salió una nota de prensa sobre el viaje que realicé en 1998 al IV Encuentro de Escritores Colombianos en Nueva York. Esta anécdota se une a otra: A los siete años de estar en Los Estados Unidos, en 1990, perdí a mi hermano Pedro Villamil por desaparición en Colombia.  Sencillamente un día salió que ya volvía y nunca más ni un rastro.

Antes de mi viaje a Nueva York, hablé por teléfono con Alicia, mi madre para contarle sobre un sueño que tuve días antes, en el que mi hermano desaparecido Pedro me pide: Toñita, me dijo, cuando vayas a Nueva York, ve a las torres gemelas y toma una fotografía que muestre cómo se ve el mundo desde tan alto. Le prometí a Pedro aquella foto. (Yo hablo con Pedro en sueños y conservo su memoria en mis poemas. Mi madre todavía lo espera porque Pedro no tenía razón para irse y sobre todo porque ese día que era 29 de diciembre de 1990, dijo que al rato volvía y no ha vuelto.)  

Te acuerdas mamá? Era octubre, mi primer viaje a New York, llevaba mi primer libro publicado por Trilce en Bogotá y la promesa que le hice a mi hermano Pedro en el sueño.

     
Encuentro de Escritores Colombianos en New York., 1998.

Caminamos al atardecer por la espléndida ribera del río Hudson, por aquel parque empedrado y lleno de árboles y después de cruzar una ancha avenida llegamos a las torres gemelas.  Éramos cinco o seis. Recuerdo que estaba el escritor Julio Olaciregui, ¿quién más estaba?… Julio, sé que vives en París ojala no entre húmeros, días jueves y aguaceros… (como nuestro negro heraldo César); estaba la investigadora literaria Pamela Flores, los escritores y poetas Medardo Arias Satizábal, Arturo Salcedo Martínez y Manuel Cortés Castañeda.

Ahora recuerdo y siento aquel vértigo. El vértigo de las cosas por pasar. El mismo vértigo que sentí a las once de la mañana el once de septiembre de 2001 al ver la pantalla del televisor. El vértigo de las torres callando para siempre. Cayendo en vértigo sobre mis rodillas al ver caer la gente. El vértigo de aquella visión, Pedro hermano mío, así se ve el mundo desde las torres cayendo. Hoy once de septiembre de 2001 te cumplo la promesa de una imagen que muestra cómo se ve el mundo desde las torres gemelas. Es la misma imagen que en 1998 describí sin saberlo, en el poema Imagen de Nueva York.

Ahora siento aquel vértigo. Recuerdo la entrada a las torres por esa serie de puertas de cristal altísimas y aquellos laberínticos retenes con guardias de seguridad como en los aeropuertos. Traspasamos los portales inmensos para dirigirnos hacia los elevadores. Yo no me sentía bien porque estaba trasnochada. Sufrí una especie de vértigo adentro de un vértigo. Vértigo antes de entrar a las torres cuando mire hacia arriba. Vértigo de toda la gemela altura viniéndose encima. Viniéndose encima aquella altura gris en vértigo de oscuridad pesada. Yo salí del edificio apurada porque me sentí asfixiada y caminé hacia la izquierda y luego hice otra izquierda donde se entraba a una plaza interior entre las dos torres, con altas jardineras, recuerdo especialmente los colgantes geranios rojos y las inmensas esculturas que parecían carbonizadas de lo oscuras de Augusto Rodin. 

Recuerdo una de una mujer agachada y triste. Allí dejé caer las líneas de un poema que más tarde titulé Imagen de Nueva York y expresa lo que vi y sentí en ese instante de vértigo en el que uno no alcanza a imaginar la dimensión de las cosas por pasar, hasta que sencillamente ocurrió lo que ocurrió el once de septiembre de 2001. Estuve en aquel patio entre las torres gemelas sólo unos minutos, luego llegaron los escritores decepcionados de no haber podido subir a los miradores de las torres porque resulta que habíamos llegado muy sobre el tiempo y ya habían cerrado acceso a los elevadores. Recuerdo que alguien comentó:  —¡Y quién quiere subir a lo que representa el trono del imperio capitalista!— Y nos fuimos. Recuerdo también el vértigo oscuro de la bocanada de los túneles del metro entrando con toda su oscura velocidad en mí. En medio del vértigo del metro escribí unas líneas más y recuerdo haber leído esa versión primera de aquel poema.

De regreso a Los Ángeles llamé a mamá y le conté lo sucedido, que salí corriendo espantada porque me había dado vértigo, que sentí que el mundo se venía encima y que en lugar de foto había escrito Imagen de Nueva York. Le describí el lugar y le dije que la visión del sueño americano desde unas torres tan altas e inalcanzables es una pesadilla, como de edificios al revés y en precipicio de acantilados hacia un hondo mar, como quien está en un mar calmado y de repente los arrecifes de esas torres se vuelcan sobre ti.

De lo que hablamos apunté la imagen que se me ocurrió y a principios del 2001 de un sólo respiro escribí el poema que le da título al libro: Acantilados del sueño. El libro contiene once poemas por un extraño azar y porque son once los poemas que nacieron de aquel viaje a Nueva York en 1998 y después de vértigo y más vértigo fueron los que consideré para el libro que envié a Madrid a principios del 2001. En junio de 2001 llegó la noticia del premio al libro y de que sería publicado en 2002.

Cuando cayeron las torres el once de septiembre de 2001, nos quedamos atarantados y mudos. Recobramos el grito en 2003 cuando este animal le declaró la guerra a Irak. Yo me fui a las calles a organizar y a marchar contra la guerra. Organice un maratón de poesía contra la guerra y la violencia. Envié poemas a poetsagainstthewar.org del poeta Sam Hamill. Meses más tarde Rick King y Andrew Himes documentaron el movimiento de los poetas en contra de la guerra en Irak en la película “Voces en Tiempo de Guerra” / “Voices In Wartime”. Ver: http://www.youtube.com/watch?v=8sxkI9Ix5as.

Menciono este hecho porque pienso que está en nuestra conciencia colectiva unido a la caída de las torres gemelas, el subsecuente estatuto de seguridad, el blindaje de las fronteras y la cacería de brujas que se le declaró a personas del medio oriente y a los inmigrantes (en el caso de los inmigrantes que vienen en su mayoría de Latinoamérica a recoger las cosechas), la persecución es igual a la de un estúpido gigante al que se le descuelga el cerebro al estilo de los órganos colgantes de Dalí. 

La persecución ejecutada por un gigante retardado que en su taradez se le infla tanto la descerebral imbecilidad que tira a cortarse los brazos y las manos que lo alimentan. Las manos y los brazos de los inmigrantes de México y Latinoamérica que vienen a trabajar los campos que alimentan a todos estos imbéciles para que tengan el aliento que se necesita para perseguir y cortar sus propios brazos y sus piernas hasta secarse las vísceras. Si, “Strawberry fields forever” y bien rojas y rechonchas las fresas para los fresitas. Rojas y rechonchas las fresas y los tomates con la sangre de quienes ponen en su boca y tan barato el alimento. Y yo aquí con esta rabia sintiéndome tan judas en medio de la pesadilla del sueño americano y con esta impotencia. Con este vértigo pegado a la garganta grito NO. NO con toda la fuerza con la que puedo gritar NO a esta guerra inmunda.

El clima de impunidad e injusticia es tan grueso que hasta la madre tierra se derrite por los polos. Para que quiero carro si ahora puedo llegar volando a dónde quiera por la internet. Para qué quiero esta gasolina que huele a sangre de mis hermanos de la raza humana. Tan por el petróleo es esta guerra y tan sucia, y este gigante imbécil escupiendo para arriba y más alto y nosotros con este vértigo de un NO rotundo y al unísono, tan impotentes, tan sin voz, esperando a que nos caiga toda su petrolífera baba encima.  Y este maldito vértigo de estar cayendo, sin manos, sin piernas, el corazón un hueco en vértigo y con el hambre de este gigante raza de hienas con sus enanos carnedecañón tan suicidas y tan antropófagos y viendo cómo siguen las argucias fascistas de este animal, para continuar cayendo en vértigo en la maquiavélica institución de la guerra.




Un Jurado compuesto por las escritoras Noni Benegas (Argentina), Isel Rivero (Cuba) y Ruth Toledano (España) ha concedido por unanimidad el Premio de Poesía “Gastón Baquero” en su cuarta convocatoria al libro:

Los acantilados del sueño del que es autora Antonieta Villamil.  El Jurado sustenta su decisión al considerar la obra como un libro atrayente, con un mundo propio, que se lee fluidamente, en andas de su musicalidad, heredera de una estructurada voz llena de color y gracia. El lenguaje alterna con giros del habla americana, préstamos de ancestrales lenguas del continente, con inéditas formas verbales creadas a partir de la actualidad más inmediata. Si a esto se añaden las tangencias anglófonas, tenemos un texto/tejido atento al entorno propio de la autora y de otros hispanoparlantes en Estados Unidos. Un texto, en fin, que no cesa de cuestionarse sobre sus cambios y derivas como lengua, a la vez que canta los temas eternos de la poesía de manera personal y envolvente.

El fallo se dio a conocer en la Casa de América el jueves 17 de mayo de 2001. El libro, publicado por la editorial Verbum de Madrid fue presentado el miércoles 12 de junio de 2002 en la sala Miguel de Cervantes de la Casa de América en Madrid, España, en un acto que contó con la presencia de la autora.

Foto Invitación Casa de América para la entrega del Libro



Inicio Milenio con Premio
de Poesía en Madrid

E-mail de Antonieta Villamil a
Linda Rodríguez Guglielmoni, mayo de 2001.

Linda! Me acaban de llamar de España y esta noticia no puede ser pública hasta el 17 de mayo 2001; fecha en que se anunciará públicamente. El jurado del premio internacional de poesía "Gastón Baquero" 2001, acaba de otorgarme el premio por unanimidad. Hablé con los jurados y cada jurado me dio su impresión personal de por qué habían escogido mi manuscrito.

A finales de febrero de 2001 recibí un email, corto por cierto, con las bases, ni siquiera completas, esbozadas apenas, por parte de Ramiro Lagos el editor de la antología donde aparecen unos poemas míosPoetas sin fronteras” de la editorial Verbum. Resulta que esa editorial otorga un premio anual y yo agarré poemas del libro Naufragio de Rostro, la nueva versión difiere de la que tu conoces, y le puse otro nombre “Los acantilados del sueño” con un total de poemas que ocupan unas 40 páginas. Esto lo hice corriendo porque la fecha de cierre se aproximabaEstoy pasmada con la noticia, hasta se me olvidó preguntarles en qué consiste el premio. Yo sé que incluye la publicación del libro y la presentación del mismo por estas fechas el año entrante en España, en la Casa de América.

Tengo una gran desazónPorque por juegos del destino, fragmenté Naufragio de Rostro, y ahora se publicarán la mitad de los poemas bajo otro título. Lo irónico es que los poemas que quedaron estarán en el limbo de un naufragio. Destitulados. Y ahora no puedo usar el título “Naufragio de rostro” porque ese poema está en el libro que premiaron. Y para completar, tengo otros dos libros inéditos con la palabra sueño: Retazos para un mapa de sueños, En lugar de los sueños. Y ahora Los acantilados del sueñoTan irónico que hasta mi propuesta filosófica en Violento Placer es Deseo luego sueño. Sor Juana Inés debe estar revolcándose de risa en sus cenizas con su “Primero sueño”. Imagínate al que no quiere sueño le toca el americano, o sea, la pesadilla y el insomnio. Bueno de todas formas, se me cumple un sueño: Inicio el milenio con libro premiado y a ser publicado en Madrid España! Como diría un español: Enhorabuena!


Casi En La Zozobra
                                    De Lo Indecible…


…De la estepa a Nueva York, despliega su hacer poblado de riquísimas imágenes, Antonieta Villamil. Muy al modo de la postmodernidad que detiene la imagen, construye la foto e hibridiza los tratamientos, entre la elegía y la oda, entre el testimonio y la crónica, los espacios de Villamil se regodean en el juego de la metáfora y en la mezcla discursiva. Sin sujeto apenas, paisaje, la poesía de Villamil pinta la palabra, hace de la escritura cuadro, pintura, foto.

Podríamos preguntarnos, entonces, qué es lo que mira, dónde se detiene y cómo articula y construye la imagen evocadora la poeta colombiana, porque la estepa es la estepa de la memoria que realiza su trabajo de envoltorio:

            “Desde dónde memoria,
            desde dónde remontas?
            El ileso peso de mano famélica
            te deletrea, te despalabra.
            La robustez de la mediocridad
            deja su celulitis en tu memoria”  (234).

En contraposición, Imagen de Nueva York se erige en espacio para abrigar tanto el silencio como el sonido, como si fuera una dama herida: “No en tus oídos, en tu sangre se tañe el mismo bullicio que se arrebata en turbulenta sordera. Se dibuja un silencio en espera” (235). En este poema la ciudad es la mujer, porque no hay seres que la recorran, el cuerpo se erige en una sucesión de poderosas imágenes.

Llamativa resulta en este recorte poético la alternancia de breves poemas —a la manera del haiku y del tanka— con textos en prosa poética. De este tejido que organizan las líneas de fuga de este conjunto de poemas surge la noción de identidad junto a las de frontera y de lengua.

Comentario tomado de Mujeres mirando al sur: Antología de poetas sudamericanas en USA), edición y notas: Zulema Moret, Madrid, Editorial Torremozas, 2004.



—Reseña de Linda M. Rodríguez Guglielmoni, Ph.D
Catedrática, Universidad de Puerto Rico-Mayagüez
10:54 AM, 30 de julio de 2003, Cabo Rojo, PR.

EL SUEÑO AMERICANO
—¿SIRENA INTERMITENTE?—

…and Manifest Destiny was behind me now.
My face frozen in the ice-cream paradiso
of the American dream, like the Sioux in the snow.
Omeros Book Four, Chapter XXXIV,I Derek Walcott

Acantilados del sueño” de Antonieta Villamil es el libro con el que la poeta colombiana residente en Los Ángeles, California, comienza el milenio 2000. Éste fue otorgado en mayo del 2001, por unanimidad; el Premio de Poesía “Gastón Baquero” en España.
En este libro, Villamil examina la experiencia del migrante en Estados Unidos y cuestiona la idea del llamado sueño americano. La indagación se lleva a cabo, a través de imágenes urbanas, cuadros de desaparición, alienación, desplazamientohistorias de violencia, discriminación, desarraigo y asimilación. Historias de mujeres y hombres que persisten y luchan en medio de un sistema deshumanizado que se desintegra. La autora utiliza un idioma exuberante que desde los primeros versos nos hace pensar en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca.
En este libro el estado de ensueño se torna en pesadilla y muerte.  Se examina y cuestiona la validez de las ambiciones que se crean por medio del bien anunciado y vendido sueño americano; el proceso comienza así:

Cuando la oscura estepa se derrama
con su luna y su flagrante indicio
de luciérnagas lejanas sueña,
contorsionados pájaros bajo sus párpados
le blanquean el ojo y tiemblan
las membranas del sueño
bajo fugaces pestañas.” (11)

Estas líneas, que describen el instante en que se ve el blanco de los ojos, pertenecen al poema que se titula, Acantilados del sueño. Se debe subrayar que este poema tiene la función de evocar los efectos sofocantes y frustratorios de una grabación que toca un instante de una melodía una y otra vez, ya que el final lleva al lector directamente al principio una y otra vez. Este poema con su forma circular introduce al libro el tema cinematográfico —recordemos que hoy en día gran número de las películas producidas por Hollywood forman parte de la maquinaria que echa leña al fuego del consumismo y que vende la ficción como realidad— ya que se nos dice que en este sueño

“pasa la fugaz película
de parajes enroblecidos
con un buril que destella
rostros, voces,” (11)
      
Además, aquí en estas líneas se introduce al panorama que se presenta en el poema un objeto-símbolo que nos debe, si prestamos atención, chocar y despertar de nuestro estado soñoliento; tal es el buril, de acuerdo al Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, instrumento de acero, prismático o puntiagudo, que sirve a los grabadores para abrir y hacer líneas en los metales. Tal objeto-símbolo, si nos concentramos sobre su forma y uso, nos debe hacer recapacitar sobre el doloroso precio que hay que pagar para lograr entrar al sueño americano, fantasía que se nos mercadea y vende a diario como la más valiosa y digna de ser deseada.

La problemática de la fantasía versus la realidad que comprende el sueño americano, además, se ve alarmantemente reflejada en el poema, Imagen de Nueva York (17). En este poema se habla del “extenuado espejismo”, de un “Orfeo alucinado” y de la “añoranza de una vaca mecánica”.
Recordemos que Orfeo es el seductor, el encantador, pero también el esposo quien al final fracasa en su intento por recobrar a su esposa y sacarla de las entrañas de la tierra. Orfeo muere destrozado por las Tracianas, las partes de su cuerpo esparcidas por el mundo.
Aún más, la vaca, antiguo símbolo de la fertilidad y la madre, aquí se convierten en máquina, perdiendo así su calor materno. Precisamente, en este poema abundan las imágenes de la tristeza y de las voces que nadie escucha. Por ejemplo, el día que se describe en Imagen de Nueva York es lluvioso:

“Agujas de agua zurcen
en el aire un manto vertical” (17)

Abundan las referencias a voces perdidas y en cierta instancia estas voces se mezclan con el color rojo. El rojo, evocado por una referencia a la sangre, es símbolo de la vida y muerte, la libertad y tiranía. Pero el acto de no escuchar, no prestar atención, se vuelve en este instante “turbulenta sordera”:

“No en tus oídos, en tu sangre
se tañe el mismo bullicio que se
arrebata en turbulenta sordera.” (18)

De hecho, Imagen de Nueva York es un poema aterrador ya que aunque escrito en 1998 antes de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, las imágenes utilizadas en éste nos llevan a recordar acertadamente los eventos de ese día, como en estas líneas:

En ecos de pared contra ventana,
            las voces en desconcierto
                              se lanzan en desbandada
                        por los rayos de hierro
en forma de letra zeta
de las escalinatas incendiarias.

La sirena intermitente en su canto,
se atropella enrojecida
contra muros y edificios.

Calibra el turno de la muerte
sobre el Hudson.” (18)

Claramente se retoma el tema de la película y la industria del cine americano en el poema, Después del cine (20). En este poema el hablante va al cine, como todos lo hacemos, para escapar por un par de horas de la realidad, para consumir y gastar dinero, eso es participar de la “histeria de soda” para quedar “embalsamada en palomas de maíz” y para ser absorbido por “sus imágenes bien manipuladas, cálidamente congeladas, representando la no presencia.”
De forma sutil se hace referencia a los principios del uso de la tecnología para construir los llamados blockbusters: espectáculos diseñados para ser consumidos por millones de personas y a su vez acabar consumiendo el bolsillo de millones de seres comunes para engrandecer el bolsillo de unos pocos. Es preciso notar cómo en el siguiente verso se hace una referencia a la película Jawsblockbuster producido a finales de la década 70:

Te ríes de sus estúpidos chistes
a la hora exacta y por la orilla
de tu desgano su tiburón abre fauces,
por las que escurre tu víscera sonrisa,
una viscerable ausencia.” (20)

Pero, después de tanto dolor y muerte, ¿podrán los seres humanos sobrevivir y superarse? El poema, Clepsidra en flauta, que da fin a la primera sección de Acantilados del sueño parece indicar que sí será posible. Una clepsidra es un reloj de agua, o sea que en este objeto-imagen se unen los elementos del tiempo, reloj, y de la maternidad, agua.
De hecho en el poema la madre, “pobladora de partos y dolores”, habla para recordarnos: “No hay mal que dure, ni cuerpo (34). Sobre todo, a la madre se le dirige una petición —más bien súplica— a través de las últimas palabras del poema:

Clepsidra si a deshoras te leemos,
si no te reconocemos; no dejes
que ningún fuego filudo nos desaparezca.
Inunda de milenios nuestra mano. (36)

El “fuego filudo” es, entre tantas posibilidades: la guerra, el hambre, el bloqueo económico, el holocausto, la bomba atómica, los ‘drones’, el ántrax, la viruela, el virus creado en laboratorios militares, etc.  De hecho, es todo lo que hemos inventado o transformado para matar y destruir en nombre de cualquier “inmensa idea que pretende esclarecer el mundo” (36).
Por otra parte, la mano es símbolo de toda la humanidad, ya que todas las culturas utilizan las manos, sus gesticulaciones y poses como lenguaje simbólico. La mano es sobre todo el instrumento de la comunicación humana ya que utilizamos la mano para escribir y transmitir nuestra sabiduría. Y precisamente es sobre la mano como objeto-símbolo que la poeta desea que meditemos por esto Villamil finaliza el poema con la frase: “Inunda de milenios nuestra mano.”
Este libro contiene una interesante sección, Para-Gato de Alambre 1984 —Ópera Rock Para Tiempo Estridente—Aquí el tono es diferente. Se podría describir como enervante y chocante… Una y otra vez el elemento tiempo que tanto nos afecta a los seres humanos surge en estos poemas que se marcan por la repetición del sonido del reloj así: “Tic tac tic tac tic tac.”
            Es posible que el mensaje de Acantilados del sueño sea una advertencia sobre el estado de sueño repleto con fantasías sin substancia en que nos encontramos montados, un sueño que lleva a un acantilado abismal en donde nos ahogamos fácilmente por falta de autenticidad, falta de humanidad y por falta de una conciencia ecológica colectiva y de paz en verdad sustentable. Mientras que si aceptamos la verdadera y sencilla mano humana —la sabiduría y la comunicación— junto a la clepsidra —lo maternal y eterno— se nos hará partícipes de un territorio donde podremos brillar con “ensalzada cumbia de jazz ardiente.” (35).

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